Bosch ha sido elegida como la marca de electrodomésticos preferida por los consumidores españoles en un estudio independiente realizado entre más de 5.200 personas. Balay ocupa la segunda posición y ambas, junto al resto de marcas del grupo BSH Electrodomésticos, consolidan al grupo entre las opciones con mayor preferencia del mercado.
El dato resulta especialmente interesante si se observa la categoría de la que hablamos. Un electrodoméstico no se compra cada semana ni cada año; en muchos hogares pasan diez o quince años entre una compra y la siguiente. La preferencia, por tanto, no se construye únicamente en el momento de la decisión. Es el resultado de una relación que comienza mucho antes y que se pone a prueba durante toda la vida útil del producto.
Esto lleva a una pregunta que trasciende el sector de los electrodomésticos:
¿qué hace que una marca llegue a convertirse en la opción preferida de miles de personas?
La respuesta suele apuntar a factores como la calidad, la innovación, la fiabilidad o el servicio, y todos ellos son determinantes. Sin embargo, antes de que cualquiera de esos atributos pueda demostrarse en la experiencia del cliente, alguien ha tenido que hacerlos visibles y deseables.
Ese ha sido históricamente uno de los grandes papeles de la publicidad.
Una de las campañas recientes de Bosch ilustra bien esta idea. El protagonismo no lo tienen los electrodomésticos, sino las personas y los momentos que suceden a su alrededor. La marca no se limita a comunicar las prestaciones de sus productos; construye una idea de hogar.
En los últimos años se ha repetido con frecuencia que la publicidad ha perdido influencia frente a las reseñas, los creadores de contenido o la experiencia del cliente. Todos esos elementos participan hoy en la construcción de la marca y la publicidad sigue siendo el lugar donde esa propuesta de valor adquiere significado para las personas.
Bosch, como tantas otras marcas consolidadas, nunca ha comunicado únicamente las prestaciones de sus electrodomésticos. Durante décadas ha vinculado su marca con la fiabilidad, la tranquilidad, la durabilidad y la confianza de que las cosas funcionarán cuando se necesiten.
Precisamente esa capacidad para hacer deseable una propuesta de valor explica buena parte del valor estratégico de la publicidad. Cuanto más inspiradora es la promesa, mayor es también la responsabilidad de la organización para cumplirla.
La publicidad sigue siendo la gran arteria por la que circulan las promesas de una marca. Lo que ha cambiado no es la importancia de esa arteria, sino el recorrido de la promesa. Hoy ya no depende únicamente de una campaña ni de un departamento de marketing. Se valida en el diseño del producto, en la innovación, en la fabricación, en la logística, en la instalación, en el servicio técnico, en los procesos de financiación o cobro, en la atención al cliente y en la experiencia digital. Cada interacción confirma o cuestiona aquello que la comunicación ayudó a imaginar.
Desde esta perspectiva, reconocimientos como el obtenido por Bosch hablan de algo más que notoriedad o preferencia espontánea. Reflejan la capacidad de una organización para sostener una misma promesa a lo largo del tiempo y hacer que esa promesa encuentre continuidad en todos los puntos de contacto con el cliente.
La publicidad sigue siendo el espacio donde las empresas imaginan el futuro que quieren representar. La diferencia es que hoy ese futuro ya no se construye únicamente desde la comunicación, sino desde la capacidad de toda la organización para convertir la promesa en una experiencia coherente.
Lo que esta MIRADA ayuda a entender:
– Cómo consigue una marca convertirse en la preferida de los consumidores?
– ¿Qué papel sigue teniendo la publicidad en la construcción de una marca?
– ¿Por qué la preferencia de marca depende de toda la organización y no solo del marketing?
– ¿Cómo influye la experiencia del cliente en una promesa de marca?
– ¿Por qué las grandes marcas no venden solo productos, sino formas de vivir?