Y esta vez, literalmente.
El Banco Central Europeo ha presentado las diez propuestas finalistas para rediseñar los billetes de euro. Diez maneras de responder a una pregunta que parece gráfica, pero es bastante más profunda: ¿qué imagen quiere poner Europa en circulación?
No es una decisión menor. Un billete pasa de mano en mano, cruza fronteras, entra en millones de carteras y acaba convirtiéndose en uno de los objetos más cotidianos de una identidad compartida. Quizá por eso apenas reparamos en lo que cuenta. Hasta que alguien decide cambiarlo.
Los euros que conocemos llegaron en 2002 con ventanas, puertas y puentes inspirados en distintas épocas de la arquitectura europea. Ninguno de aquellos lugares existía realmente. Fueron diseñados así para no privilegiar a ningún país y construir un territorio visual en el que todos pudiéramos reconocernos.
Europa eligió representarse sin elegir a nadie.
Aquella neutralidad tenía sentido. Los billetes debían pertenecer a todos y, para conseguirlo, evitaron cualquier rostro, monumento o símbolo que pudiera parecer demasiado nacional. El resultado fue una identidad prudente: puentes que comunicaban, puertas que se abrían y edificios que no estaban en ninguna parte.
Más de dos décadas después, Europa parece dispuesta a abandonar ese lugar imaginario.
Entre Cervantes y una cigüeña
Las diez propuestas finalistas se dividen en dos grandes relatos. Cinco parten de la cultura europea y otras cinco de los ríos y las aves.
En el primero aparecen María Callas, Beethoven, Marie Curie, Cervantes, Leonardo da Vinci y Bertha von Suttner. No están solos. Cada personalidad se relaciona con un espacio cultural compartido: las artes escénicas, la música, las universidades, las bibliotecas, los museos o las plazas públicas.
El segundo relato busca la identidad europea en la naturaleza. Manantiales, cascadas, ríos y desembocaduras acompañan a aves como el martín pescador, la cigüeña blanca o el alcatraz atlántico. En el reverso aparecen las instituciones de la Unión Europea.
La elección, por tanto, no es únicamente estética.
Europa puede reconocerse en las personas que han construido su cultura o en el paisaje que atraviesa sus fronteras. Puede contar su historia a través de grandes nombres o buscar un símbolo menos humano, menos nacional y quizá también menos conflictivo.
Puede elegir a Cervantes. O una cigüeña.
Y las dos decisiones dicen algo.
Diez diseños, diez formas de entender Europa
Las propuestas tampoco interpretan esos temas de la misma manera.
Algunas conceden todo el protagonismo a los retratos. Otras los fragmentan, los dibujan o los convierten en una mirada que interpela directamente a quien sostiene el billete. Hay proyectos más clásicos y otros que se atreven a construir un lenguaje gráfico propio.

Entre estos últimos está la propuesta de los estudios españoles Rubio & del Amo y Cruz más Cruz. Sus billetes sitúan los ojos de cada personaje en el centro y organizan la composición mediante cuatro bloques inspirados en las letras de la palabra EURO. No se limitan a colocar una figura histórica sobre un fondo seguro: buscan un sistema visual reconocible para toda la serie.
En las propuestas dedicadas a los ríos y las aves también hay posiciones muy diferentes. Algunas se acercan a la ilustración científica o a la infografía. Otras utilizan el agua, el vuelo y el paisaje para hablar de movimiento, diversidad o cooperación.
Eso es lo interesante del proceso. Los diseñadores no están decorando un medio de pago. Están intentando condensar una idea de Europa en unos pocos centímetros de papel.
¿Debe una identidad gustar a todo el mundo?
Más de 1.200 profesionales se presentaron al concurso convocado por el BCE. Un jurado independiente seleccionó las diez propuestas y ahora la institución ha abierto una consulta pública hasta el 21 de septiembre de 2026.
Conviene llamarla consulta y no votación. La propuesta más popular no será necesariamente la elegida. La opinión ciudadana se sumará a la valoración del jurado y a criterios técnicos antes de que el Consejo de Gobierno del BCE tome una decisión, previsiblemente a finales de año.
La participación abre otra pregunta especialmente interesante para quienes trabajamos con marcas e identidades: cuando un diseño debe representar a millones de personas, ¿conviene escoger el que genera más consenso o el que tiene más capacidad para construir significado?
Porque no siempre son el mismo.
Las identidades institucionales suelen moverse con cautela. Quieren incluir, evitar conflictos y resultar reconocibles para públicos muy distintos. Pero, cuando el deseo de no incomodar pesa demasiado, también aparece el riesgo de no decir gran cosa.
Los billetes actuales resolvieron ese problema inventando una arquitectura común. Los futuros tendrán que decidir si Europa puede permitirse ser algo más concreta.
Lo que ponemos en circulación
Cambiar un billete no cambia Europa. Pero sí cambia la forma en la que Europa se presenta cada día ante sus ciudadanos.
Por eso esta elección importa más de lo que parece.
No estamos decidiendo solamente si nos gusta más un retrato, un color o una composición. Estamos eligiendo qué merece ocupar uno de los soportes con mayor circulación del continente. Qué parte de nuestra historia queremos recordar. Qué símbolos consideramos comunes. Y qué relato somos capaces de compartir sin borrarnos unos a otros.
Un billete representa un valor económico.
Pero también pone en circulación una idea de quiénes somos.
Las diez propuestas y la consulta pública pueden verse en la web del Banco Central Europeo.
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