La última campaña institucional con motivo del 8 de marzo está generando polémica y no por casualidad. El Ministerio de Igualdad ha lanzado un spot que usa el concepto de “mujer de alto valor” para criticar discursos machistas que circulan por redes sociales reclamando una imagen de mujer sumisa, modesta o limitada a roles tradicionales. El vídeo, protagonizado por Ángela Molina, ironiza sobre normas como vestir “con modestia”, ser emocionalmente receptiva o “sumisa y fiel” antes de girar hacia un mensaje de rechazo a esos clichés.
¿Cuál es el problema?
En comunicación, el marco importa más que la intención. Cuando repites un concepto, aunque sea para desmontarlo, lo amplificas.
“Mujer de alto valor” no es una expresión neutra. En determinados entornos digitales se ha intensificado su uso con una carga negativa. Al traerlo al centro del discurso institucional, alimenta aún más los estereotipos.
Quizá el problema no sea la expresión en sí, sino el contexto desde el que se utiliza. “Alto valor” podría ser un lema poderoso si se emplea en positivo, como afirmación de autonomía, talento y contribución social. Pero convertirlo en el eje de una campaña para combatirlo lo fija en el imaginario colectivo como un término polémico o sospechoso.
Y entonces surge la pregunta incómoda, ¿acaso las mujeres no pueden tener alto valor?
La igualdad no debería tener miedo a hablar de valor. Debería redefinirlo. Sin jerarquías, sin validación externa. Sin etiquetas que condicionen.
Porque hablar de “alto valor” ,aunque sea para desmontarlo, devuelve el debate al terreno del juicio moral: quién cumple, quién no, quién encaja, quién falla. Y la igualdad no va de eso. Va de mismos derechos, de oportunidades y de eliminar barreras.
En un contexto donde persisten sesgos, violencia estructural, techos de cristal y desigualdades de representación, una campaña pública no puede permitirse ambigüedades estratégicas.
La igualdad debe garantizar que cada mujer pueda decidir quién es y cómo quiere ser, sin que su “valor” esté nunca en cuestión.