Las mejores colaboraciones entre marcas suelen ser aquellas en las que ambas ganan sin dejar de ser ellas mismas.
El Museo Reina Sofía ha confiado en IKEA para rediseñar distintos espacios de estancia y descanso dentro de sus instalaciones. La noticia habla de mobiliario, pero la lectura va bastante más allá.
Durante años, muchas alianzas entre marcas buscaron notoriedad compartida. Dos nombres reconocibles, una acción conjunta y una conversación amplificada.
La colaboración entre IKEA y el Reina Sofía se mueve en otro terreno. No gira alrededor de la visibilidad, sino de una capacidad concreta. El museo incorpora la experiencia de una compañía que lleva décadas observando cómo las personas utilizan los espacios. IKEA encuentra un contexto poco habitual para demostrarlo.
Cada vez más organizaciones descubren que la experiencia no se juega únicamente en aquello que las hace relevantes. También en todo lo que sucede alrededor.
Un visitante entra en un museo por sus colecciones. Igual que un huésped elige un hotel por su alojamiento o un pasajero utiliza un aeropuerto para desplazarse. Pero el recuerdo rara vez depende de un único elemento. Se construye en la suma de recorridos, pausas, esperas, conversaciones y momentos de estancia.
Ahí es donde empiezan a cobrar importancia espacios que durante mucho tiempo parecían secundarios.
Las obras seguirán siendo el motivo principal para visitar el Reina Sofía. Lo que cambia es la atención prestada a todo lo que ocurre entre una obra y la siguiente.
Y quizá esa sea una de las aportaciones más interesantes de esta colaboración. Recordar que la experiencia no siempre mejora añadiendo algo nuevo. A veces mejora cuidando mejor aquello que parecía accesorio.

