Nunca llueve a gusto de todos. Y mucho menos cuando una marca toca algo que millones de personas llevan diez años viendo cada día.
Instagram ha renovado su identidad visual. El cambio más visible está en su logotipo tipográfico: mantiene el gesto manuscrito, pero simplifica las formas, gana peso y mezcla trazos cursivos con otros más cercanos a una tipografía de palo seco.
La intención, según Adam Mosseri, responsable de Instagram, era conseguir una marca más limpia y moderna sin perder la relación con la anterior.
La reacción de internet ha sido bastante menos matizada.
Donde antes se leía Instagram, muchos ahora leen “Instagzam”. La responsable es, sobre todo, una erre cuyo trazo se aproxima demasiado al de una z. Una pequeña decisión gráfica capaz de concentrar casi toda la conversación sobre un sistema de identidad bastante más amplio.
Porque Instagram no ha cambiado únicamente su firma.
La renovación incorpora una evolución de Instagram Sans y dos nuevas familias tipográficas: Instagram Pen, de carácter manuscrito, e Instagram Mono. El conocido degradado pierde presencia y comienza a utilizarse de forma más selectiva, mientras aparecen recursos inspirados en la fotografía, como hojas de contacto, marcas de registro, encuadres y anotaciones.
La marca recupera así parte del lenguaje de la cámara, pero intenta hacerlo sin competir con aquello que realmente llena la plataforma: el contenido de sus usuarios.
Visto como sistema, el cambio tiene lógica.
Instagram necesitaba una identidad más flexible, capaz de funcionar en producto, comunicación, vídeo, interfaces y formatos que no existían cuando se presentó su anterior versión en 2016. La nueva propuesta amplía sus herramientas y reduce el peso decorativo de la marca para dejar más espacio a la creatividad de la comunidad.
Visto únicamente como logotipo, la respuesta es menos clara.
Una marca puede permitirse ser singular. Incluso extraña. Lo que difícilmente puede permitirse es generar dudas sobre su propio nombre. Si una letra concentra las miradas porque parece otra, la conversación deja de estar en la personalidad y pasa a estar en la legibilidad.
Y quizá ahí está la principal debilidad del rediseño.
Instagram ha querido conservar el gesto humano de la escritura y, al mismo tiempo, hacerlo más limpio, funcional y contemporáneo. En ese equilibrio ha conseguido una firma con más carácter que una simple tipografía corporativa, pero también una forma algo forzada. No rompe con el pasado, aunque tampoco termina de resolver del todo el presente.
Eso no significa que sea un mal cambio.
Las identidades conocidas casi siempre provocan rechazo cuando se transforman. En 2016, Instagram sustituyó su cámara retro por el icono degradado que hoy reconocemos inmediatamente. El rediseño fue recibido con críticas y acabó convirtiéndose en uno de los símbolos digitales más reconocibles de la última década.
La familiaridad también diseña nuestra opinión.
Estamos comparando una imagen recién llegada con otra que hemos visto miles de veces. Una parte de la extrañeza desaparecerá con el uso. Pero el tiempo puede acostumbrarnos a una forma; no convierte automáticamente en buena una decisión que dificulta la lectura.
Entonces, ¿es un buen cambio?
Como evolución de identidad, sí. Instagram construye un sistema más amplio, flexible y preparado para una plataforma que ya no es solo fotografía. Como logotipo, todavía deja una duda demasiado visible para una marca de esta dimensión.
Quizá la cuestión no sea si nos gusta más o menos.
La cuestión es si, al intentar parecer más Instagram, ha terminado pareciéndose un poco menos a su propio nombre.
Lo que esta MIRADA ayuda a entender
– ¿Por qué las grandes marcas generan rechazo cuando cambian?
– ¿Debe valorarse un logotipo aislado o como parte de un sistema visual?
– ¿Hasta dónde puede llegar la personalidad sin comprometer la legibilidad?
– ¿Es el nuevo diseño de Instagram una evolución coherente o un cambio innecesario?
– ¿Puede el uso convertir una polémica en un nuevo símbolo?